La nave de la Comunicacion

Una foto

(Por Ariel Scher (*)) Antes que nada, disculpas. Disculpas, maestro Saint Exupery, porque lo menos que corresponde dedicarle a usted son unas buenas disculpas.

Al cabo, si alguien metió al asombro y a la ternura en matrimonio eterno adentro de un libro es usted.

Disculpas, claro, al autor de "El Principito", porque lanzarle una objeción al autor de "El Principito" es, de mínima, la gigantez del descaro. Sin embargo, acaso, usted lo sepa, maestro Saint Exupery, el descaro, en más de una ocasión, es preferible a la mentira. Y bastante se miente uno -uno, no usted, por supuesto- en este tiempo como para andar mintiéndose en esto que vamos a decirle y que tanto nos sacude. Disculpe, maestro Saint Exupery, pero eso tan suyo y tan de "El Principito, que leímos y repetimos mil veces, eso de "lo esencial es invisible a los ojos" suena fenómeno. Pero no es cierto.

¿Vio, usted, maestro Saint Exupery, la foto del nene Santiago Fretes con su amigo? Usted fue aviador y los aviadores son expertos en mirar en medio del infinito, así que difícil que se le escapara una imagen así. Dos pibes, uno que siempre usa muletas y uno que no las usa nunca, repartiéndose esas mismas muletas para escalar hasta la altura suficiente de un murito de la cancha de Racing con el propósito de enfocar a un crack, a Diego Milito. ¡Qué foto! ¡Qué extraordinaria foto! ¡Qué extraordinario universo el de esa foto! Para llorar de emoción, como lloró medio mundo, o para acordarse de esa frase del británico Fred Mc Cullin, maestro como usted, pero no de principitos y sí de fotos: "La fotografía no puede cambiar la realidad, pero sí puede mostrarla".

Dígame, díganos, maestro Saint Exupery, ¿realmente, no le parece que en esa foto, esa foto que vemos y vamos seguir viendo, está en lo esencial? En serio, suponemos que a usted, inclusive a usted que no pertenecía a la amplia legión de pavotes de la Tierra, los días se le habrán tornado una sucesión de cuestiones en la que no se diferencia nada, una tanda de avisos en la que nacer y morir es lo mismo, en la que nos convencemos de que el porcentaje de sal en un paquete de papas fritas industrializadas importa igual que una larga historia de luchas sociales. Y, entonces, en el medio de esa tontería consecutiva, de esa indiferenciación consecutiva, aparece algo, algo como esta sencilla e inolvidable foto, que nos recuerda que la vida no es una sucesión de nadas o que nos corrobora, siempre hablando de las fotos, lo que anticipó Julio Cortázar, que no nos va a decir que no salía excelente en las fotos: "Entre las muchas formas de combatir la nada, una de las mejores es hacer fotografías". Ahí está, maestro Saint Exupery, esa foto, la de Santiago Fretes y su amigo, ambos de espaldas, ambos juntos, ambos socios de la mejor de las felicidades que es la felicidad compartida, es una interrupción grandiosa de la nada, de la nada llena de nada, en que de tanto en tanto se nos transforma vivir.

¿Por qué no vemos más fácil, maestro Saint Exupery, semejantes cosas, tamaños monumentos a la amistad, a la generosidad y a la simpleza? ¿Por qué, ya que se nos mueven los párpados, ya que nos ayudan las pupilas, no le sacamos una foto a cada rato a la nobleza, a los abrazos, a las muletas prestadas, al corazón abierto, a dos pibes que no se escatiman ni el afecto ni el aire? No sabemos si usted, maestro Saint Exupery, capturador de la condición humana en "El principito", se guardó una contestación a esto que le interrogamos con dolor, pero nosotros, modestamente, nos abrigamos en la respuesta de Susan Sontag, también maestra, maestra en especial del arte de reflexionar sin prejuicios, que en su ensayo "Sobre la fotografía", lo explicó todo de un plumazo, como un tributo a los muchos reporteros gráficos que se ganan el pan con la sensibilidad de sus dedos: "La fotografía es, antes que nada, una manera de mirar. No es la mirada misma".

Y sí, casi sería posible sentenciar lo mismo sobre la vida, ¿no cree, maestro Saint Exupery? ¿No podría resumir, por caso, "El Principito", inspirado en Susan Sontag, "la vida es, antes que nada, una manera de vivir, no es la vida misma". Si miles y más miles estábamos ese día en el estadio donde Santiago Fretes y su amigo respiraban sin manchas la misma brisa, si a otros miles y más miles esa escena podía, eventualmente, desfilarles en la tevé, ¿por qué sólo alguien detectó ese instante, ese instante que a partir de allí perdurará en la historia de los instantes y de las bellezas y de los ejemplos de la historia de algo que, con vacilaciones, entre bombas y mugres y negociados, continuamos llamando "humanidad"? Lo intuye usted, maestro Saint Exupery, seguro que lo intuye. La persona que supo ver lo que los demás no veíamos es una madre, la madre de Santiago Fretes, que -y ahí le damos la razón a usted, maestro- vio como ve una madre, o sea que vio con lo esencial o sea que vio con el alma. 

Ya lo había abreviado Alfred Eisenstaetd, el alemán que legó para la inmortalidad fotográfica esa postal en la que un soldado y una piba se besan en Time Square, en Nueva York, cuando la Segunda Guerra Mundial dejó de masticar cuerpos: "Lo más importante no es la cámara, sino el ojo". Eso. Y disculpe de nuevo, maestro Saint Exupery: lo esencial es visible a los ojos. Y Sabrina Bertone, la mamá de Santiago Fretes, vio con los ojos, con los ojos abiertos, con los ojos que millones no abrimos aunque creamos que estamos viendo, con los ojos que destinamos a frivolidades, a valores que no son valores, a problemas que no son problemas, a las estupideces travestidas de relevantes que un sistema especializado en disfrazar a lo innecesario de sustancial nos entrega. Tenía una cámara que no ingresará ni por azar en los archivos de la tecnología de punta esa mamá, maestro Saint Exupery. Y no le hacía falta, con todo el respeto que nos merecen las cámaras modernísimas. Lo que aplicó fue el ojo, lo mejor del ojo, el sentido del ojo, las arterias, la bondad, la conmoción en el ojo. El francés Henri Cartier-Bresson, prócer de la fotografía, decía que él se dedicaba "a atrapar la vida, a preservar la vida en el acto de vivir" cuando sacaba una foto. Lo mismo que esa mamá al retratar a su hijo y a un amigo, entusiasmados y ensimismados con disfrutar de su ídolo y del fútbol.

Sabe, maestro Saint Exupery, en todas las ocasiones en las que tantísimas gentes leyeron, leen y van a proseguir leyendo "El Principito" lo que leyeron, lo que leen y lo que proseguirán leyendo es la existencia de la esperanza. Se lo agradecemos. La esperanza como causa, como militancia, la esperanza como apuesta. La foto de Santiago Fretes y su amigo significa lo mismo. Es una foto que se recibe a flor de piel, pero que, al mismo tiempo, es una bandera de que no todo está perdido, inclusive de que en algún escombro, recubierto por las capas de trivialidad y de egoísmo con las que nos untamos y nos untan durante cada jornada, hay esperanza. John Berger, un extraordinario escritor, pensador y pintor, nos enseñó, al escribir sobre la fotografía y al escribir sobre casi todo, que el secreto de los secretos está en el modo de ver. Y no por nada, el ensayo más rabioso y más maravilloso de John Berger podría lucir en la tapa la foto de Santiago Fretes y su amigo. Ese ensayo se titula "Con la esperanza entre los dientes".

Así que con esperanza, maestro Saint Exupery, invariablemente con esperanza porque, si la extraviáramos, le fallaríamos a Santiago Fretes, a su amigo, a su madre y a Milito. Con esperanza porque "las fotografías abren puertas al pasado, pero también pero también permiten echar un vistazo al futuro", como vislumbró Sally Mann, otra gran reportera gráfica estadounidense. De modo que, aunque nada sea seguro y a pesar de las incitaciones a mirar vacíos y a desatender lo profundo, en una de esas, maestro Saint Exupery, gracias a esa foto que nos rompe las rutinas, que nos renueva las pestañas y que nos interpela sobre para qué carajo vivimos si no vemos lo que de verdad hay que ver, en los porvenires que nos toquen germinarán cientos, diezmiles, millones de fotografías en las que, con dos pibes socializando muletas, inquietudes o sonrisas, se nos dibuje una realidad más libre y más justa a la que, ojalá, podemos bautizar como más humana.

Eso es casi todo lo que queríamos plantearle, lo que necesitábamos compartirle. Descontamos que usted, que además de maestro de las palabras y de las esperanzas fue un hombre bueno, nos disculpará la urgencia o acaso la improcedencia de todos estos señalamientos que nos brotaron a partir de una foto. O de un chico. O de dos chicos. O de una mamá. O de un universo al que le vendría lindo que lo rieguen de estas fotos, de lo que estas fotos producen. Berenice Abbott, otra señora de fotos magistrales, no apretaba su cámara por pura vocación. Lo hacía por un concepto tan magistral como sus fotos: "La fotografía ayuda a las personas a ver". A ver lo esencial, añadiría usted, maestro Saint Exupery. Y le sobraría, ahora sí, razón.

Muchas gracias, como de costumbre, por la paciencia y por el buen trato, maestro Saint Exupery. Ocurre que usted se nos viene con frecuencia a las venas como inyección de luz cuando alrededor abunda la opacidad. Si le parece, partimos la diferencia y decimos que "lo esencial es invisible a los ojos... pero no siempre". Para muestra, basta la foto de Santiago Fretes y su amigo. La tenemos ahora enfrente, alumbrando la vida, mientras al lado, glorioso, reposa un ejemplar de "El Principito".

(*) Fuente: Deporte y Literatura