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Los Juegos Olímpicos de la lectura

(Por Ariel Scher (*)) James Brendan Bennet Connolly (foto) sabía ponerle furia a las plantas de sus pies y se animaba a ser cómplice del aire. Por eso volaba. Y fue volando que, en Atenas y en 1896, anotó su nombre largo de obrero estadounidense en el principio de los principios de una historia del deporte, cuando un viaje de 13 metros y 71 centímetros le permitió, de una sola vez, ganar la competición de salto triple y convertirse en el primer campeón en la modernidad de los Juegos Olímpicos.

No paró de volar ahí. Aunque el tiempo le concedió calmas a sus pies y atenuó su sociedad con el aire, 
Connolly continuó volando con las palabras: se transformó en escritor, publicó novelas y puso en un punto alto como sus saltos a la relación entre la literatura y el olimpismo.

Aquel primer rey olímpico no sólo era heredero de los sueños de sus padres irlandeses. Además, su pasión atlética y su inquietud por narrar le posibilitaron continuar un lazo que en los Juegos Olímpicos de la antigüedad tuvo como emblema a Píndaro, el poeta nacido en Tebas, cuyas odas a los triunfadores de Olimpia no exponían ni un solo rasgo de estilo compartido con Connolly, lo que no debería extrañar considerando los 2.400 años que separaron las existencias de ambos. De cualquier manera, aunque las formas expresivas hubieran mutado, Píndaro fue leído y citado muchísimas veces por montones de escritores en el curso de los siglos. "Tal vez sea ya demasiado tarde para tratar de interrumpir esta costumbre que los artesanos de la cultura arrastramos a través de la historia desde que Píndaro ganó los Juegos Olímpicos. Eran unos tiempos en que el 
cuerpo y el espíritu andaban mejor avenidos que ahora, de modo que las voces de los bardos eran tan apreciadas en los estadios como las hazañas de los atletas", enunció en La Habana, con cierto regusto amargo, un escritor fenomenal. Corría 1985 y el 
colombiano Gabriel García Márquez hablaba de Píndaro tras haber recibido el Premio Nobel tres años antes.

No hay tampoco influencias evidentes de Píndaro en la literatura que siguió aludiendo a los Juegos Olímpicos antes de que estos reaparecieran en el fin del siglo diecinueve. El investigador estadounidense Jeffrey O. Segrave revisó con detalle esas manifestaciones ("Los Juegos Olímpicos entre 393 y 1896. La genealogía de una idea en la literatura, la música y la danza"), pero ninguna exhibe tanto valor emblemático como un fragmento 
de la tercera escena, del segundo acto de la parte 3 de una las piezas más famosas de la dramaturgia universal. "Les prometen recompensas como las que los vencedores usan en los Juegos Olímpicos" dice un personaje en esa brevedad de Enrique IV, cuyo autor dedicó la vida a hacer magia con las palabras no tan lejos de los escenarios donde se disputaron los Juegos de Londres del 2012. Se llamaba William Shakespeare.

Justo Londres albergó a la cumbre olímpica por primera vez en 1908. Theodore Cook actuó como uno de los delegados británicos ante el Comité Olímpico Internacional para la organización de esos Juegos. Esa tarea no le quitó horas en el ejercicio de sus lazos con la esgrima o con los deportes acuáticos, pero sí lo limitó para ponerle letras a sus crónicas periodísticas y a sus libros sobre arte. La suma de intereses que desarrollaba Cook no representó una extravagancia de esa era. Por entonces y hasta 1948, los Juegos Olímpicos incluían competiciones también olímpicas de arte. Walter Winans, por ejemplo, nació en Rusia, murió en Inglaterra y fue deportista para los Estados Unidos hasta llegar al oro en los Juegos de 1908 como tirador, un conocimiento desde el que se atrevió al 
ensayo literario. Los dedos con los que disparaba también le otorgaron el oro como escultor olímpico. Acaso ahora olvidado, ese olimpismo artístico le dio una medalla dorada al fabricante moderno del olimpisimo deportivo: en 1912, cuando los Juegos se efectuaron en Estocolmo, el francés Pierre de Coubertin intervino con seudónimo y venció con su Oda al Deporte.

Las expansiones simultáneas del deporte y de los Juegos ensancharon la referencia al mundo olímpico en una oración, en un capítulo o en buena parte de un libro. Lo que no pervivió fue la visión inmaculada de los tiempos iniciales. El británico George Orwell, creador de clásicos como Rebelión en la granja o 1984, dejó una interpretación muy dura: "Aun cuando uno no supiese mediante ejemplos concretos, como ser los Juegos Olímpicos 
de 1936, que las competencias deportivas internacionales conducen a orgías de odio, podría deducirlo de principios generales". Sus opiniones no pesaron en la decisiones de
las autoridades olímpicas, pero, inclusive así, de tanto en tanto, se lo asoció a los Juegos, como lo reflejó un artículo del diario The New York Times, que, para hablar de las tensiones de la Londres preolímpica, se tituló "El espíritu olímpico orwelliano".

Los Juegos de Berlín, esos que espantaron a Orwell, le abrieron las puertas a los artistas del régimen nazi en un año, 1936, en el que murió en España, Miguel de Unamuno, alguien que también había advertido sobre el exagerado avance del deporte a favor del disciplinamiento y en contra de la libertad. En esos días, Berlín no fue la única construcción olímpica de Hitler y sus secuaces, ya que Garmisch-Partenkirchen, en Baviera, fue sede de los Juegos Olímpicos de Invierno. Allí compitió el montañista Heinrich Harrer, no tan conocido en esa época, que se haría famoso con su libro Siete años en el Tibet, llevado al cine con 
Brad Pitt como protagonista. En cada cita olímpica que tuvieron a cargo, los nazis pretendieron vincular con su concepción del deporte a todo lo alemán. "Hay un trabajo coronado por el
Comité de Organización de los Juegos Olímpicos. Se titula, naturalmente, 'Goethe y la idea olímpica', y tiene la ambición de demostrar "la importancia de la gimnasia en la vida y en 
el pensamiento de Goethe", comentó en 1937, con una ironía que poblaría muchos otros de sus textos, el encargado de la sección de libros y autores extranjeros de la revista argentina El Hogar. Ese comentarista era Jorge Luis Borges.

Borges charló muchísimas veces con Eduardo Mallea, otro escritor argentino de peso que no sólo tuvo palabras olímpicas sino que fue cronista de unos Juegos. Quien desempolve las páginas que el diario La Nación destinó a Amsterdam 1928 localizará la firma de Mallea en unos cuantos artículos. Estaba allí, poniendo los ojos y los manos, y parte de su experiencia de observación la expandió hacia la ficción en una breve novela ambientada esas horas olímpicas y holandes que se llama "Los Rembrandts".

En aquellos años la industria editorial no giraba con ejes idénticos a los del desenlace del siglo veinte o los comienzos del siglo veintiuno y, en consecuencia, todavía no proliferaban
los libros sobre el deporte y el espectáculo deportivo, las publicaciones de las ciencias sociales aplicadas al deporte y al olimpismo o las biografías de los grandes campeones 
olímpicos. Sí, en cambio, ya se edificaban mitos y mitologías sobre los campeones que escalaban al podio. La doble consagración futbolística del fútbol uruguayo en los Juegos 
de 1924 y de 1928 multiplicó testimonios literarios. "¡Cuando ganamos las Olimpíadas, en París, la gente no podía creer que un país tan chiquito, que casi no estaba en los mapas,
saliera campeón! Cuando ganamos en 1924, me acuerdo que estábamos en Tacuarembó, y mi padre escuchaba una radio española con unos auriculares que no sé de dónde sacó",
rememoró, uruguayísimo, el gran Mario Benedetti para el diario Página/12, como parte de una cadena emocionante de identidades que se prolongó hasta el presente con, por caso,
bellísimas canciones como Los Olímpicos, de Jaime Roos.

También uruguayo y extraordinario observador de la condición humana por la vía del deporte, Eduardo Galeano recuperó como pocos el sentido de los Juegos Olímpicos en la Grecia clásica. En su libro Espejos, apuntó: "A los griegos les encantaba matarse entre sí, pero además de la guerra practicaban otros deportes. Competían en la ciudad de Olimpia,y mientras las olimpiadas ocurrían, los griegos olvidaban la guerra por un rato. Todos 
desnudos: los corredores, los atletas que arrojaban la jabalina y el disco, los que saltaban, boxeaban, luchaban, galopaban o competían cantando. Ninguno llevaba zapatillas de marca,
ni camisetas de moda, ni nada que no fuera la propia piel brillosa de ungüentos".

Galeano es un maravilloso escritor de un tiempo en el que unos cuantos de sus colegas desmantelaron prejuicios y ubicaron al deporte como tema narrativo. Analista excelso de las tramas que anudan al poder y al deporte, el catalán Manuel Vázquez Montalbán no sólo realizó contribuciones como ensayista político. Además, situó a Pepe Carvalho, su personaje más notorio, entre las intrigas de una novela estupenda que transcurre en el año posterior a los Juegos de Barcelona de 1992 y exhibe el más olímpico de los títulos de la literatura olímpica: Sabotaje olímpico. No constituye el único libro en el que el adjetivo "olímpicos" 
ocupa parte del título. Cuentos olímpicos es el nombre de una antología de historias deportivas firmadas por el español Camilo José Cela, el argentino Ricardo Piglia o el chileno Antonio Skármeta. Precisamente, es chilena la nacionalidad de una escritora que pasó por una circunstancia olímpica difícil de empatar: ser portadora de la bandera olímpica. Eso le
sucedió a Isabel Allende en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Invierno de Turín, en 2006, mientras sonaba Aída, de Giuseppe Verdi, y la flanqueban otras mujeres como las actrices Sofía Loren y Susan Sarandon.

La arbitrariedad de todo recorrido literario quizás omita a muchas ficciones que hacen centro o refieren al territorio de los Juegos Olímpicos. Sin embargo, en ese itinerario es imposible dejar afuera la postdata de Julio Cortázar en El libro de Manuel: "Agrego estas líneas mientras corrijo las pruebas de galera y escucho los boletines radiales sobre lo sucedido en los juegos
olímpicos. Empiezan a llegar los diarios con enormes titulares, oigo discursos donde los amos de la tierra se permiten sus lágrimas de cocodrilo más eficaces al deplorar 'la violación de la 
paz olímpica en estos días en que los pueblos olvidan sus querellas y sus diferencias'. ¿Olvidan? ¿Quién olvida? Una vez más entra en juego el masaje a escala mundial de los mass media. No se oye, no se lee más que Munich, Munich. No hay lugar en sus canales, en sus columnas, en sus mensajes, para decir, entre tantas otras cosas, Trelew". En septiembre de 1972, a Cortázar le llegaban, desde luego, los ecos horrorosos de la masacre de los Juegos de Munich -unos Juegos que el COI prosiguió en la más nítida lógica de que "el show debe seguir"-, pero reclamaba por los silencios modelados en torno de otras matanzas, como la del sur argentino.

Jorge Valdano les puso sustantivos y verbos a sus vivencias como cronista de los Juegos Olímpicos de Atlanta. Así, en 1996, brotaron sus Cuadernos olímpicos. Futbolista campeón del mundo y escriba fino, si en esas páginas le hubiera tocado redactar definiciones de su persona, seguro hubiera apuntado una bien deportiva, bien argentina y bien universal: lector de Fontanarrosa. Y hasta podría haber añadido un detalle: lector olímpico de Fontanarrosa. Es que, sin fronteras en la imaginación, Roberto Fontanarrosa desparramó sus luces en la 
"pista olímpica" en la que se conjetura enterrar un sapo en el cuento 19 de diciembre de 1971 y, también, en el "alambrado olímpico" contra el que se estampó el punterito Favero de otro 
cuento, Wilmar Everton Cardaña, número 5 de Peñarol. Desopilante y tierno de un solo golpe, parió Juegos Olímpicos de Calgary, la historieta (en algún sentido pariente de Astérix y los
Juegos Olímpicos, otra fábula olímpica atrapante) en la que a una patinadora artística de mirada triste se la traga un agujero en el hielo para, tal vez, reaparecer sin esa tristeza. Y genial, en octubre de 2000, Fontanarrosa aprovechó una columna en el diario Clarín para meditar con su sello sobre la actuación argentina en los Juegos de Sydney: "Los argentinos -ilustra Jota Jota Serenelli- adoptamos al gaucho como símbolo. El hombre de a caballo, el habitante de la pampa, el labriego relacionado con la tierra madre. Y resulta que los mejores éxitos obtenidos en los Juegos Olimpícos los conseguimos en los deportes acuáticos. Esto confunde, una vez más, a nuestra identidad nacional. ¿No seremos descendientes de los vikingos? ¿No serán los mapuches, en definitiva, indios papúas de Borneo? Más que un ser nacional..., ¿no habrá un ser naval?"

Es casi un certificado de que existe una literatura olímpica. Y de que eso es lógica pura: después de todo, la literatura buena siempre vale oro.

(*) Fuente: Deporte y Literatura