La nave de la Comunicacion

Memoria de un atleta

A 40 años del Golpe, a segundos de la próxima injusticia

(Por Ariel Scher y Víctor Pocha (*)) Miguel Sánchez fue secuestrado por un grupo comando en la última dictadura y está desaparecido desde el 8 de enero de 1978, hace veinte años.

Había corrido tres veces la San Silvestre y lo entrenaba Osvaldo Suárez.
En Villa España, partido de Berazategui, un punto chiquito dentro del mapa inmenso del Gran Buenos Aires, la memoria acaba de cumplir veinte años. En la tercera hora del 8 de enero de 1978, un grupo de hombres partió la calma de la vivienda de la familia Sánchez, en la calle San Martín 176, y se llevó por la fuerza a Miguel. A Miguel, que tenía 25 años, dos pies de atleta, mil proyectos en marcha, un empleo en el Banco Provincia y el corazón de maratonista. Desde aquella madrugada bruta, una entre cientos de madrugadas de horror en ese tiempo, Miguel Sánchez está desaparecido. Es el único deportista federado que integra la lista de desaparecidos forjada por la última dictadura militar.Elvira Sánchez, hermana de Miguel, todavía vive en la casita de la calle San Martín. Es docente, bajita, conmueve y se conmueve. De frente a una foto de Miguel en carrera, cuenta que es la primera vez que habla con un periodista y lo deja entrar a su casa, justo a esa casa. Cuenta eso y también cuenta el horror como si en vez de dos décadas hubieran pasado dos días: Yo no estaba, pero estaba mi madre. Vinieron entre seis y ochos tipos presentándose como un comando militar, sin credenciales, y preguntaron por Miguel Angel. Era extraño porque el nombre de mi hermano es Miguel Benancio (así con B larga). En el paredón se colocaron dos con ametralladoras y el resto empezó a revolver todo, buscando información con tanta violencia que hasta tiraron una biblioteca entera al piso. El perro se asustó tanto que no ladró por dos años. A Miguel le indicaron que se pusiera el equipo de gimnasia que estaba en una silla y se lo llevaron. Pidió darle un beso a mi mamá antes de irse, pero no lo dejaron. También se llevaron su agenda.Miguel participó tres veces en la Corrida de San Silvestre, la tradicional prueba que recorre las calles de San Pablo todos los 31 de diciembre. Su última intervención fue en la edición de 1977. Corrió, le mandó una postal a su familia y se fue a Punta del Este para tomar parte en otra competición. Volvió a la Argentina el 6 de enero. El 8 lo secuestraron.La pasión por la San Silvestre no resultaba del azar entre las inquietudes de Sánchez. Su entrenador era Osvaldo Suárez, el fondista argentino que ganó tres veces consecutivas esa carrera. Le decían El Tucu -evoca Suárez- y se entrenó conmigo durante tres años en Villa Domínico. Era un chico excelente.Miguel era Miguelito en Villa España y el atletismo le daba vueltas por la cabeza todo el tiempo (era su locura, enfatiza Elvira). Se cuidaba mucho con las comidas y devoraba miel y verduras con el mismo entusiasmo con el que expulsaba a las frituras de su dieta. No fumaba y tampoco le gustaba que el olor del tabaco le anduviera cerca. Como contrapartida, educaba su condición de atleta con la voluntad que merecen las cosas a las que se ama. O se levantaba a las 6 de la mañana para ir a correr al campo de golf de Ranelagh, o se llevaba el bolso para ir a Villa Domínico y entrenarse cuando salía del trabajo, cuenta Elvira con toda la precisión del planeta, ratificando que la ausencia larga no le ahuyentó ningún dato.La historia de Miguel Sánchez es esencialmente argentina: como millones, vino del interior a Buenos Aires; como miles, está desaparecido. Nació en Bella Vista, Tucumán, el 6 de noviembre de 1952, y fue el hijo menor de una familia de diez hermanos. Cuando cumplió los 17, llegó a la Capital soñando futuros y modeló un pedacito de esos sueños cuando lo tomaron como ordenanza en la casa central del Banco Provincia. Siete años antes había muerto su padre. Su mamá, Cecilia Santillán, lo acompañaba en el hogar de Villa España.Los recuerdos de Elvira se encadenan: En el Banco le decían El Correcaminos, lo querían mucho. Allí le daban los viáticos para competir fuera, así que él representaba al Banco Provincia. En el trabajo, tenían expuestos un montón de premios que ganó. Siempre le hacían notas en la revista mensual que publicaba el banco. Elvira conserva 50 trofeos, 36 medallas y varias fotos de su hermano compitiendo. Me dijeron en el banco que algunas copas se las quedaban ellos, apunta. El de los trofeos es, como todos, un recuerdo activo: Elvira limpia y lustra las copas como si al día siguiente tuviera que mostrarlas en una exhibición.Además de querer avanzar como atleta, Sánchez tenía vocación por la escritura. Escribía muchísimo, con faltas de ortografía pero con mucho sentimiento, detalla Elvira, quien tiene a mano muchos de los textos de su hermano y encontró en la relectura un modo de seguir estando con Miguel.Luis Horacio Sánchez, uno de los hermanos de Miguel, hizo la denuncia del secuestro el 12 de junio de 1978. Nunca nadie le dio una respuesta. En 1984, la familia Sánchez presentó el caso de Miguel a la Conadep, el organismo creado por el gobierno de Raúl Alfonsín que registró muchas de las atrocidades realizadas por los militares en el poder. Cecilia Santillán, la madre, se hizo todas las preguntas, recorrió todos los dolores y cuidó en un armario la ropa de Miguel. Hasta que murió en 1992, esperó con vida al hijo que le llevaron con vida.Elvira pronuncia Miguel y aporta otra historia. Y otra. Y otra. En cada historia, la memoria viva de Miguel Sánchez enfrenta al espanto, truena impunidades, enciende la ternura y sigue corriendo. Corre fuerte e implacable hasta dejar atrás para siempre cualquier tentación del olvido. 

(*) Fuente: Clarín