La nave de la Comunicacion

¿Adónde coño va España?

(Por Rodolfo Chisleanschi/especial para La Nave de la Comunicación (*)) Escupir para arriba es un ejercicio poco recomendable y con consecuencias ingratas, porque antes o después y por más fuerza que se le imprima al lanzamiento, el escupitajo acaba cayendo sobre la cabeza de quien lo lanzó.

Durante décadas, la España biempensante y ortodoxa, heredera de la lejana grandeza imperial y el más cercano orden estricto impuesto por el franquismo, se mofó de la eterna inestabilidad política y económica de Italia. En una península se hablaba de una transición que fue ejemplo mundial de paz, diálogo y supuesta pluralidad. En la otra se padecía la realidad de un país partido en dos, con un Norte muy rico y miembro fundacional del G-7 y un Sur depauperado, socialmente mucho más cercano al África subdesarrollada que a la Europa del lujo y el bienestar. Mientras España navegaba suave sobre una balsa de aceite, apenas alterada por ETA, una banda terrorista destinada tarde o temprano al fracaso, en Italia los gobiernos duraban menos que un chocolatín en la puerta de un colegio, Umberto Bossi llamaba a la independencia de la Padania desde su Liga Norte y el Sur se hundía en la miseria de grupos criminales como la Camorra, la N’Draghetta o la Mafia. Pero un día, finalmente, el escupitajo cayó del cielo, y ya nadie se ríe al sur de los Pirineos.
Una semana después de celebradas las elecciones generales, el futuro político español permanece tan incierto como la noche del escrutinio. La esperada irrupción de dos fuerzas nuevas y antagónicas: Podemos, el partido que si bien nació en las aulas de la Universidad Complutense de Madrid heredó buena parte de las inquietudes de los movimientos de indignados que ocuparon calles y plazas a partir de 2011; y Ciudadanos, la derecha aggiornada que pasó en pocos meses de ser un partido menor en Cataluña a convertirse en alternativa de poder a nivel nacional, puso el escenario patas arriba. Y estos siete días, ricos en declaraciones de principios y diálogos poco fructíferos, y cruzados por la festividad navideña y el mensaje del Rey Felipe VI, aportaron más dudas que precisiones sobre lo que pueda ocurrir a partir del 13 de enero, fecha prevista para que comience el proceso de formación del nuevo gobierno.
En este punto, cabe hacer algunas aclaraciones sobre el sistema parlamentario español. Si bien existen dos Cámaras, Diputados y Senadores, solo la primera –más conocida como las Cortes- tiene injerencia directa en todo relacionado con la política cotidiana, desde la designación o caída de un gobierno a la sanción de las leyes. El Senado es un órgano casi decorativo, donde las 52 provincias del Estado están representadas en partes iguales, pero sin capacidad legislativa propia. De hecho, la idea de su supresión hace tiempo que ronda la cabeza de buena parte de la población. Es decir, que la clave es tener una mayoría, sino absoluta al menos amplia, en las Cortes. O conseguirla a través del apoyo de otros partidos. Así había sucedido hasta ahora. Cuando no alcanzaron los 176 diputados propios para ser mayoría, tanto el conservador Partido Popular o el más progresista Partido Socialista Obrero Español tejieron acuerdos con los partidos nacionalistas vascos y/o catalanes de centroderecha para disfrutar de gobiernos estables. Y mirar por encima del hombro a los díscolos italianos.
Pero el domingo pasado todo este andamiaje voló por los aires. Las elecciones dejaron un tendal de perdedores que apenas pueden disimular mejor o peor sus respectivas derrotas. Y la semana transcurrida permitió demostrar que no se aprecian buenos dibujantes entre quienes deben delinear este panorama inédito que enseñaron las urnas. 
Por ser el más votado, Mariano Rajoy, actual presidente y líder del PP, será el primero en recibir por parte del Rey el encargo de formar gobierno. No lo logrará en la primera votación. Cuenta apenas con 123 diputados, un número que le sirvió para alardear de haber ganado las elecciones, pero que no consigue ocultar la fuerza de su derrota. Son 65 menos que los obtenidos en 2011, resultado de una pérdida de 3,7 millones de votos, el peor registro en la historia del partido. Rajoy, cuyo liderazgo dentro del PP ya está en plena discusión, deberá apostar todo a la segunda ronda de votaciones, donde es suficiente una mayoría simple, es decir, tener más votos a favor que en contra, para alcanzar el gobierno. Y por ahora, las cuentas tampoco le salen para afrontar tranquilo esa sesión clave del 15 de enero.
Políticamente hablando (la economía en este caso queda aparte), el período 2011-15 de gobierno del PP tuvo dos características principales: los innumerables casos de corrupción que minaron la credibilidad del partido, y el desprecio hacia el resto de las fuerzas, escenificado en una absoluta falta de diálogo. Ahora le toca pagar ambas cosas (otra vez el escupitajo hacia arriba). Hoy, asociarse al PP es, de alguna manera, validar un modus operandi corrupto hasta la médula, desde el tesorero del partido –Luis Bárcenas, preso, dueño de cuentas multimillonarias en Suiza y responsable de urdir toda una economía B de financiación ilegal del partido y de sus principales dirigentes- a multitud de cargos por todo el país.
Pero además, el PP solo ha sumado enemigos. Su discurso antinacionalista visceral (en realidad hay que hablar de nacionalismo español visceral) y su negativa a aceptar un referéndum en Cataluña para medir la voluntad separatista de esa región lo alejó de CiU, su aliado principal en tiempos de José María Aznar. Y lo mismo ocurrió con el PNV, su equivalente vasco. Perdió a Coalición Canaria, otro partido afín, que al margen de disminuir su peso en el Congreso se enfrentó al PP por permitir estudios de prospección petrolífera frente a las costas de las paradisíacas islas del Atlántico.  Y por supuesto, nunca tendrá el apoyo del ala más izquierdista del Parlamento: Podemos, IU/Unidad Popular (una de los grandes derrotados del domingo), Esquerra Republicana de Catalunya y Bildu.
¿Quiénes quedan? Ciudadanos y el PSOE. La formación del joven Albert Rivera, otra fuerza que si bien con 40 diputados electos podría sacar pecho del resultado electoral quedó sin embargo con un regusto amargo en la boca. Impulsado sin disimulo por los medios de comunicación mayoritarios, que vieron en Rivera el Gatopardo perfecto que prometía cambios en las formas sin modificar nada de fondo, Ciudadanos amenazó en algún momento con pelearle la victoria al PP, y sin embargo, quedó muy lejos de ser una alternativa de poder. Rivera, al menos, ya le garantizó a Rajoy, su abstención en la segunda votación. Es decir, habrá 310 votos válidos, y el PP necesitaría 155 para resultar vencedor. El problema es que tampoco los tiene.
La llave entonces la posee el PSOE y sus 90 diputados, que son en estos días el objetivo de  todas las presiones posibles, internas y externas. Los socialistas, segundos el domingo pasado, también vivieron su peor elección desde la Transición de los años 70. Nunca tuvieron tan pocos representantes, nunca sumaron tan pocos votos (casi 2 millones menos que en 2011, hasta ese momento la más baja de su historia). Los resultados abrieron un cisma puertas adentro, con la sevillana Susana Díaz, triunfadora en Andalucía, amenazando el liderazgo de Pedro Sánchez. La discusión abierta puede afectar a la política de pactos y el puesto del propio candidato quien, sin embargo, hasta podría ser elegido presidente del Gobierno si Rajoy no lo logra. 
En principio, no habrá apoyo al actual presidente ni alianza con Podemos, debido a que la agrupación de Pablo Iglesias respalda el referéndum en Cataluña. En este punto es necesario detenerse un momento, porque si la dispersión del voto popular no fuera suficiente para enturbiar el panorama, el tema del independentismo catalán (y el vasco, que mira con atención todo lo que pasa) atraviesa de manera transversal todas las conversaciones y embarra definitivamente la cancha. Podemos dejó claro en la misma noche del domingo electoral que no habría acuerdo con los socialistas, pero del otro lado siempre han dejado una ventana abierta (la suma de PSOE, Podemos, IU/UP y quizás ERC y Bildu, los nacionalismos de izquierda superaría los 176 votos necesarios) aunque con una aclaración: “no podemos hablar con Podemos si siguen apoyando el referéndum”. Y Podemos no cambiará esa posición por una sencilla razón: fue la fuerza más votada en Cataluña a partir del carisma de Ada Colau, alcaldesa de Barcelona (sin dudas, la gran vencedora del 20D), y no va a dilapidar semejante capital por aliarse con los desprestigiados socialistas.
Pero volvamos a las vicisitudes de Mariano Rajoy. ¿Podría ser presidente en la segunda votación? “No tengan dudas que se abstendrán los que tengan que abstenerse”, sentenció Julio Anguita, el ex secretario general de Izquierda Unida, 48 horas después de las elecciones apuntando a la posibilidad del mutis por el foro de los socialistas. En tal caso, sumados PSOE y Ciudadanos las abstenciones sumarían 130, y al PP si le alcanzaría con sus 123 diputados para llevar a Rajoy otra vez a la Moncloa.
Desde afuera, el gran pacto PP-PSOE (sumando eventualmente a Ciudadanos) es la gran apuesta del establishment, aferrado a la coartada de la garantía de estabilidad y el freno a políticas “peligrosas” como las que propugnan Podemos y la Unidad Popular. Le interesa a la Unión Europea, lo apoyan los grandes grupos económicos y los mercados, los medios de comunicación masivos, las firmas prestigiosas como Mario Vargas Llosa hoy en El País, y hasta Felipe González desde hace meses, cuando la fuerza emergente de Podemos se convirtió en amenaza latente para los intereses del poder real. El problema es que para el PSOE suena poco menos que a suicidio. El antecedente del Pasok griego, que en pocos años pasó de ser mayoría a partido marginal después de apoyar al gobierno de derecha de Antoni Samarás, sobrevuela como un fantasma que genera inquietud. Es cierto que permitir la asunción de Rajoy no es lo mismo que gobernar en coalición, pero se parece bastante.
La otra carta de Pedro Sánchez es esperar que el PP fracase en sus intentos y recibir entonces el encargo del Rey. Claro que sus opciones de éxito son mínimas y pasan por el ya explicado pacto con Podemos o, más difícil aun, por dar vuelta la tortilla y que el PP opte por abstenerse en segunda votación. Si eso no resulta, España quedará abocada a repetir las elecciones dentro de pocos meses.
El repaso general a la situación delineó a grandes rasgos el resultado de Podemos, el otro actor protagonista de lo sucedido hace una semana. ¿Se lo puede catalogar como el ganador de las elecciones? Tampoco. No se le puede negar méritos a la formación que encabeza Pablo Iglesias, ya que debutará en el Parlamento con 69 diputados, un número altísimo y significativo, logrado tras una campaña sin financiación económica, tras sobreponerse a una feroz campaña mediática en contra y remontando en las últimas semanas un panorama que invitaba al desaliento. Pero la realidad es que en el contexto político-económico de la España actual contó con una oportunidad tal vez única de hacerse con el poder, o por lo menos, de ser primera minoría. Las disputas internas (en algunos casos muy fuertes), cierto zigzag o directamente alejamiento de algunas premisas iniciales, y la renuencia a firmar pactos con IU/Unidad Popular y su líder Alberto Garzón generaron dosis de desconfianza entre sus fieles y le restaron los votos que hubiese necesitado para pelear el primer puesto. 
Le tocará así mantenerse en la oposición pase lo que pase, que es una posición más cómoda para seguir creciendo. Pero en las siguientes elecciones, sean cuando sean, también se encontrará con otra realidad, y habrá que ver si la coyuntura sigue siendo tan favorable como lo era en este final de 2015. Al menos puede exhibir un consuelo: durante su discurso navideño, el Rey Felipe VI vistió una corbata morada, el color que identifica a Podemos. 
El 2015 de España se va con demasiados interrogantes que el 2016 no parece en principio dispuesto a responder con rapidez. Apenas dos cosas son ciertas: 1) El Gobierno que salga elegido tendrá que dialogar mucho, quizás demasiado para las costumbres locales. 2) En Italia más de uno habrá esbozado una sonrisa… 

(*) Periodista. Colaborador de La Nave de la Comunicación