La nave de la Comunicacion

Los goles del Quijote

Fútbol y Literatura por Ariel Scher (*)

Los abuelos de Juan quisieron darle lo mejor. Lo mandaron a estudiar violín porque decían que el violín era la encarnación de la música en el alma: a la semana, Juan había transformado al arco del violín en poste derecho, al cuerpo del instrumento en poste izquierdo y a las cuatro cuerdas en un entretejido que funcionaba como una buena red.

Le propusieron aprender inglés porque evaluaban que esa lengua representaba el futuro: al mes, Juan pronunciaba "Charlton", "Rooney" o "Beckham" con la soltura de Shakespeare, pero no sabía ni sabría modular nada que no fueran los apellidos de los mejores jugadores británicos. Le rogaron que leyera El Quijote porque entendían que se trataba del libro entre los libros: a la media hora de recorrer las páginas, Juan se entusiasmó hasta el fervor. Enseguida se dio cuenta de que en esa obra famosa residía la clave para ser un deportista.

Sensacional Cervantes, Miguel, autor inmortal del Quijote, a quien sus padres privaron del fútbol porque lo hicieron nacer el 29 de septiembre de 1547 en Alcalá de Henares en lugar de darle la oportunidad de ver la luz unos cuatro siglos después. Eso, al menos, les contaba Juan a sus abuelos, convencidísimo de que, aun habiendo vivido antes de tiempo, el gran Cervantes advirtió como pocos que la sal de la existencia estaba en el deporte. Nunca comprendió Juan con exactitud si Quiteria, la dama en estado de casamiento del Capítulo XIX de la segunda parte del Quijote, la hubiera pasado más divertida con Camacho el rico o con Basilio el pobre, sus dos candidatos. A él le importó el párrafo siguiente: "Pues si va a decir las verdades sin invidia, él es el más ágil mancebo que conocemos: gran tirador de barra, luchador estremado y gran jugador de pelota; corre como un gamo, salta más que una cabra y birla a los bolos como por encantamiento". Eso significaba algo monumental según la opinión de Juan: casi Federer, casi Michael Jordan, casi Usaín Bolt.

Los abuelos de Juan seguían con cierta perplejidad la particular óptica desde la que su nieto abordaba al Quijote, pero, como consuelo, valoraban que ese había sido su camino para encontrarse con otras lecturas. Una vez se atraparon las manos con la misma intensidad que en su primer día de noviazgo porque detectaron a su heredero, ensimismado y contento, explorando las hojas del "Estudio básico sobre el pensamiento deportivo de Miguel de Cervantes", del español José Manuel Zapico García. Allí se efectúa un relevamiento de las referencias al deporte que aparecen en el clásico de los clásicos de la literatura en español. Trama con honores, previsiblemente sobresale la esgrima. Menos pronosticable, en cambio, resulta la preponderancia del lanzamiento de barras, una actividad a la que era adepta Dulcinea del Toboso, la dama que encendía las hormonas y los despropósitos más esenciales de Alonso Quijano, que así se llamaba, crack de cracks, Don Quijote de la Mancha.

Hay libros que se vuelven manuales de comportamiento. Y de deporte. Lo interpretó así Juan, quien, lleno de gratitud hacia sus abuelos, les lanzó una sugerencia: "Tal vez les vendría bien probar con el lanzamiento de barras". Cualquiera hubiera supuesto que, enloquecido dentro de la locura del Quijote, sentía que él era la reencarnación del viejo caballero andante en la Tierra, pero, en verdad, lo único que sucedía era que los veía prisioneros del sedentarismo, un mal mayor de esta época que, al revés, no figuraba entre los conflictos del héroe inquieto de Cervantes.

A Juan le provocaba admiración deportiva El Quijote, un hombre mayor que se la pasaba cabalgando, un hombre mayor que no cedía a la tentación de entregarse a la derrota. Y le sembraban ternura sus intercambios también deportivos con Sancho Panza, el acompañante más notorio de esa y de todas las historias de la humanidad. "Más que Coutinho al lado de Pelé o más que Robin pegado a Batman", aseguraba Juan, en procura de ofrendar apenas dos ejemplos. De esos diálogos, el mejor le pertenecía al ajedrez:

—Brava comparación —dijo Sancho—, aunque no tan nueva, que yo no la haya oído muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que mientras dura el juego cada pieza tiene su particular oficio, y en acabándose el juego todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.
—Cada día, Sancho —dijo Don Quijote—, te vas haciendo menos simple y más discreto.

Irrepetible Cervantes, irrepetible Quijote. Irrepetible para todos los tiempos y para todas las personas salvo para una: Pierre Menard. O no Pierre Menard: Jorge Luis Borges. Borges, quien fabuló "Pierre Menard, autor del Quijote", un cuento en el que "la admirable ambición" de Menard consiste en "producir unas páginas que coincidieran -palabra por palabra y línea por línea- con las de Miguel de Cervantes".

En una primera impresión, a Juan le pareció un proyecto imposible, pero a sus abuelos se les reveló como una maravilla. Lógico: la conexión Cervantes-Quijote-Menard-Borges, tremenda delantera, permitió que Juan descubriera a la literatura argentina. En el inicio, claro, con el ajedrez como llave porque, más que el juego fascinante que encadena Borges, a Juan lo cautivo uno de los antecedentes que se le atribuyen a Menard como narrador: "Un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno de los peones de la torre. Menard propone, recomienda, discute y acaba por rechazar esa innovación".

Irrepetible Cervantes, irrepetible Quijote, irrepetible Borges, irrepetible Menard. Sin embargo, todos ellos, asociados en un equipo también irrepetible, posibilitaron que Juan aterrizara en "Lionel Messi, autor del Quijote", el texto en el que otro escritor argentino, Juan Sasturain, pudo verificar que el sueño de Menard era tangible, sólo que se olvidó de incluir a dos tipos útiles: Maradona y Messi. Lo leía, lo creía, dejaba de creerlo y lo volvía a creer, Juan. Juan que, en esas líneas, certificó que Messi, un genio, logró lo que Menard o Borges o quien fuera no pudieron. Y eso que el parámetro era Maradona, otro Cervantes. Sencillo: Messi le convirtió al Getafe en el 2007 un gol calcado del que Mardona le metió a los ingleses en el Mundial 86. Regeneró, gambeta por gambeta o sea palabra por palabra, al Quijote de la pelota. "Lo extraordinario es que en algún momento, y también como Pierre Menard, Messi decidió el camino más difícil, y decidió hacer el gol del Diego sin (esperar) ser Diego", escribió Sasturain.

El Quijote combatió con virulencia a los molinos de viento, sus duros adversarios. Borges reprodujo esa conducta pero su molino fue el fútbol. Tanta impiedad suscitó muchas réplicas. No obstante, Borges era Borges y hubo que oponerle un nombre que alcanzara su altura. Ya se sabe, quién si no: El Quijote. Lo rescató Alejandro Dolina, otro escritor al que Juan comenzó a saborear. Sancho Panza hubiera ovacionado esa contestación: "El fútbol no es veintidós tipos corriendo atrás de una pelota. Pensar así es pensar que El Quijote es medio kilo de papel y tinta".

Entre Borges y Dolina y siempre con la fantasía de Cervantes en el medio, Juan valoró la sinceridad de Adolfo Bioy Casares, quien confesó que, en su juventud, antes de ponerse a leer al Quijote, aspiraba a "correr cien metros en nueve segundos y ser campeón de box y de tenis". Y si Bioy Casares reconocía ese itinerario personal, por qué El Quijote no podía brotar en los relatos deportivo de otros narradores. "Aplausos para El Quijote en bicicleta, el deportista romántico, capaz de la hazaña por lo poético que tiene la hazaña misma", observó Diego Lucero sobre un ciclista que pretendió dar la vuelta al globo. "Si El Quijote viviera sería de Huracán", sentenció Osvaldo Ardizzone sobre el campeón que conducía César Luis Menotti en 1973.

Un golazo, El Quijote. Un golazo en la construcción de Juan como deportista y como lector. Un golazo para sus abuelos. Un golazo comprobado por Juan, comprobado por sus abuelos, comprobado por miles y miles de lectores que se asombraron al cerciorarse de que, sin que sea una metáfora, El Quijote habilitaba describir golazos, como lo probó el uruguayo Eduardo Galeano, en El fútbol a sol y sombra, para rememorar la escalada de un gordo y un flaco en el Mundial 66: "Uwe Seeler se lanzó al ataque junto a Franz Beckenbauer, Sancho Panza y Don Quijote disparados por un gatillo invisible , vaya y venga, tuya y mía, y cuando toda la defensa suiza había quedado inútil como oreja de sordo, Beckenbauer encaró al guardameta Elsener, que se arrojó a su izquierda, y definió a la carrera: pasó por la derecha, tiró y adentro". Golazo, claro. Más o menos a la altura futbolera que portaba el título que Adela Basch le eligió a la versión teatral para pibes con la que adaptó a Cervantes: Abran cancha que aquí viene Don Quijote de la Mancha.

Al final, entonces, un acierto el de Juan. Y nada extraño: flaco, largo y entrañable como un basquetbolista sin suerte, El Quijote expresa una aventura, la aventura de la condición humana. Y hace rato que la aventura de la condición humana incluye al deporte.

Tan claro lo tiene Juan que hasta les dijo a sus abuelos que si el planeta y los estadios se convirtieran en espacios justos, en las tribunas de todas partes habría que gritar el nombre del Quijote. Puede que eso ocurra alguna vez. Hasta entonces, de tanto leer, Juan detectó una variante. Roberto Fontanarrosa, símbolo alto de la literatura deportiva argentina, también reparó en el personaje. Con su sello: "Mire, Cervantes. A mí no me parece acertado hacer una serie de publicaciones dado el éxito de la primera. Eso de 'Don Quijote contra el Hombre Lobo' sinceramente no lo veo".

Se rieron el mundo, El Quijote, los abuelos. Y Juan que, feliz como quedó, un día de estos empieza a estudiar violín.

(*) Periodista y escritor argentino