La nave de la Comunicacion

LA SOCIEDAD DEL CANSANCIO

Byung-Chul Han

(Por Elisa Broussain)  Byung-Chul Han, en “La sociedad del cansancio” desarrolla una análisis acerca de las consecuencias que tienen en nuestra vida (y en nuestra muerte también) las normas culturales propias del mercado neoliberal.

El filósofo define que cada época tiene su propia enfermedad. La anterior habría sido de tipo viral, infecciosa, referida a una amenaza desde el exterior (siglo XIX, el cólera, las pandemias). La del siglo XXI sería “neuronal”. El ser que produce, es también el que padece las enfermedades por estrés, depresión, Burn out y un largo etcétera. El efecto de éstas no sería de origen exógeno, sino interno, auto-producido, “infartos (…) por excesos de positividad”. Poco a poco, y en la medida en que el desajuste crece, comienza a producirse un colapso.

Cada sociedad crea a su “hombre invisible”. ¿Qué quiero decir con esto? Con invisible me refiero a lo normal, lo que no destaca, que está naturalizado en su funcionamiento, lo que se funde en el paisaje. El hombre invisible que tenemos hoy es el ser humano que vive en el estrés, que cumple con todo, la mujer trabajadora, efectiva en todas las dimensiones en las que se despliega.

Sin embargo, “La sociedad del cansancio” se refiere al efecto “final” de una sociedad de rendimiento. El pensador, en el primer capítulo intenta explicar su mensaje desde el mito de Prometeo. Dice: “Prometeo y el águila es una relación consigo mismo, una relación de auto explotación. El dolor del hígado que en sí es indoloro, es el cansancio. De esta manera Prometeo, como sujeto de auto explotación, se vuelve presa de un cansancio infinito. Es la figura originaria de la sociedad del cansancio”. Como un deportista en un ejercicio físico infinito, donde lo único finito será él mismo. Éste es el estado de nuestra sociedad según Han. Un desgaste que es rechazado, expulsado desde la positividad de la vida en producción. Los lindes del propio cuerpo, de la psiquis, de lo moral, son constantemente barridos, corridos por las posibilidades superyóicas del ser activo. Me es fácil y doloroso imaginar cómo sucede este proceso en la persona y su mundo laboral, en una sociedad en que el trabajo totaliza la vida y existencia.
Esta figura es parte de las concepciones de sujeto en nuestros tiempos. Este procedimiento mantiene al hombre como un ideal siempre efectivo y productivo, conectado a la inmediatez por la tecnología, sobre-exigido por la dimensión de urgencia de las posibilidades de saber y acceso a todo sin delimitación concebida, “sin fisura”.

La depresión, como uno de los efectos colaterales de nuestra sociedad, como una “fisura”, es una realidad que se intenta escindir del panorama de equilibrio y realización que entrega la globalización (1). En la pretendida armonía de nuestro modelo, existe un antagonismo social que se intenta invisibilizar, es decir, una dimensión que no se simboliza en el concepto aceptado de sociedad. En esta ficción del mundo como un espacio simbólico pleno, la depresión se le opone con su incapacidad – voluntaria o no – de ser, de ser en esta máquina, de ser una máquina.

La depresión no logra sostener el cinismo de lo bueno. Es decir, la depresión es un reflejo opuesto, un negativo de la concepción de sujeto aceptada. La depresión, que entre otros, resulta principalmente de una fijación de la pérdida, de la reiteración de momentos angustioso, por esta detención, iría hasta rítmicamente en oposición a la velocidad de nuestros tiempos. Necesita detenerse para sentir. Por otra parte, la depresión en este contexto también coincidiría con el “hombre invisible” perfecto, armónico y efectivo, ya que ambos, tanto consciente como inconscientemente, rechazan la no-pérdida. La vulnerabilidad o la impotencia. La concepción narcisa del sujeto actual, ocultaría el mismo llanto, la misma resistencia a la fisura existencial en el rincón irreductible y postergado de sí. Nuestro sujeto idóneo, niega esto, con la obstinación de su vida perfecta.
Los peligros que se corre tras este cansancio no sólo incumben al individuo y su salud, también tienen una dimensión social y afectiva: el cansancio aísla y divide. La consideración del otro o antes que eso, la percepción del otro, así como también la autopercepción requieren de tiempo. Han lo afirma de la siguiente manera: “Cada forma es lenta. Cada forma es un rodeo. La economía de la eficiencia y la aceleración la conducen a la desaparición.” La desaparición del cansancio dentro de las posibilidades de la vida es el silencio de algo más que la compresión de sí. Desvanece a las familias, diluye a los amigos, disuelve el amor. “Estos cansancios son violencia, porque destruyen toda comunidad, toda cercanía, incluso el mismo lenguaje”.
En el libro Han no propone una solución, pero quizás ésta está en la diferencia que plantea sobre cómo vivirlo contraponiendo “el cansancio elocuente, capaz de mirar y reconciliar, al cansancio sin habla, sin mirada y que separa”

Elisa Broussain Garretón
Estudiante de Psicología
Formación en Consultoría en Análisis Existencial
elisabroussain@gmail.com

(1)Araujo, Kathya (1999). “El goce de la globalización”. En Cultura y Globalización, Gonzalo Portocarrero e Iván Degregori