La nave de la Comunicacion

De arcos, Juegos Olímpicos, sambódromo e historias

Al ritmo de pasados y presentes

(Por Rodolfo Chisleanschi (*)) Los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro ofrecen escenarios que despiertan los sentidos solo con nombrarlos: Copacabana, Guanabara, Maracaná…Y por supuesto, también el Sambódromo, esa vía asociada a la diversión, el desenfreno y la fastuosidad desde 1984, cuando la decisión de Darcy Ribeiro, por entonces vicegobernador de la ciudad, y el genio del arquitecto Oscar Niemeyer se aunaran para construirlo.

Pero hoy, el día que arranca la fiesta del deporte, el hilo musical que propagan los altavoces no concuerda con lo que uno espera. No hay samba en el aire sino sonidos suaves, mezcla de chillo out, lounge o soft jazz, alternándose con el silencio absoluto cuando suena la bocina. La arquería, una especialidad que requiere máxima concentración entre sus participantes, tiene su sede justamente en la Plaza de la Apoteosis, el punto final de los desfiles de las escolas do samba que cada año dejan ver todas sus virtudes durante los días del Carnaval más famoso del planeta.
Los blancos donde van a impactar miles de flechas están ubicados exactamente debajo del arco de cemento que cierra el espacio y se ha convertido en un icono de la ciudad. Se trata de una figura cuyo significado Niemeyer jamás se preocupó por explicar y en la que algunos quieren ver las alas de una gaviota; otros, la bikini de una mujer tendida en la arena, y la mayoría, absolutamente nada. 
En su origen, la avenida Marqués de Sapucaí, donde tradicionalmente se celebraban los desfiles carnavaleros, fue cerrada por dos líneas de gradas hasta alcanzar una extensión de 700 metros y con capacidad para 60.000 espectadores. Pero como no podía ser de otro modo, la llegada de los Juegos a la capital carioca obligó a una remodelación.
Así, en 2011 tuvo lugar la principal obra para ampliar el recinto: la implosión y demolición total de la antigua fábrica Brahma -la principal marca brasileña de cervezas-, que permitió alcanzar un aforo de 77.688 plazas. 
Que las flechas sean protagonistas justamente en el Sambódromo (también lo serán los maratones, que tendrán aquí su punto de llegada) puede verse como algo lógico, incluso pese del silencio que debe imperar durante las sesiones de tiro al blanco. En definitiva, Cupido también es actor principal de las noches de diversión que dan celebridad al escenario.
Pero a Aída Román, la arquera mexicana que fue medalla de plata en Londres 2012, todo esto le resulta indiferente. “Es cierto que el lugar tiene mucho encanto y las vistas son preciosas, pero cuando me toca lanzar me concentro solo en mi objetivo y todo lo externo de algún modo desaparece”. Detrás de los blancos -que cambiarán de ubicación cuando mañana comiencen los matches individuales- se aprecia el campanario de la parroquia de Nossa Senhora de Salette. Detrás, un morro cubierto de vegetación; y a lo lejos, el Cristo Redentor coronando el Corcovado. Toda una tentación para distraer los sentidos.
Román, que perdió el oro hace cuatro años por apenas 13 milímetros en una flecha de desempate con la coreana del sur Ki Bo Bae, parece más preocupada por las cuestiones climáticas: “Cambian mucho de un momento a otro. Hay sol, se nubla, se levanta viento, se calma. Habrá que adaptarse y no pensar que algo de esto pueda perjudicarme”.
La música sigue sonando relajada en el Sambódromo, muy lejos del frenesí de las noches de samba y cerveza. Aquí, en el lugar donde se fabricaba la cerveza que corre como ríos durante el Carnaval mientras nacen y mueren amores fugaces, todo es calma. Van a entrar en acción los arqueros. Los Juegos Olímpicos tienen su propio ritmo, y lo imponen incluso en el reino del baile y el frenesí.                              

(*) Fuente: DPA