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Muerte, sentimiento y mito

Juan Chaneton

El peronismo es una política; pero también es una ideología, esto es, una constelación tejida en torno de valores tales como -entre muchos otros- la muerte, la pasión y el mito puestos al servicio del misoneísmo en materia de sistemas sociales. De éstos, el peronismo conoce uno y es el capitalismo, y ha considerado, a lo largo de su extensa historia, que es mejor no innovar en este punto.

No han entendido al peronismo los de afuera. Sólo han atinado, alguna vez, a estetizar su ignorancia urdiendo una plástica bobería a la que llamaron, no sin belleza, “No llores por mí, Argentina”. Y claro, eran dos ingleses los autores de esa opera bufa. De ahí la bobería. Tim Rice y Lloyd Weber. Letra y música. Algo así como Vicente López y Planes y Blas Parera.

Muerte

En algún instante, los argentinos quedamos atrapados en la mirada del otro como el patético país cuyos odios se decantaban a ambos lados de un cadáver: el de María Eva Duarte, escondida como María Maggi en un cementerio de Milán. Eso, claro, era terrorismo de Estado puro y duro y ejecutado bajo la dirección orquestal de la batuta mayor de la “fusiladora”: Pedro Eugenio Aramburu.
Pero ningún músico, por genial que sea, dirige sin orquesta. Necesita a quién dirigir. Cuerdas, vientos, parches y redoblantes constituyen su auditorio inmediato. Son sus colaboradores.

Los colaboradores de Aramburu para consumar el robo del cadáver fueron los purpurados del Vaticano. Sangriento Vaticano. No podía esperarse otra cosa de un político consumado como aquel Paccelli que había sido nazi militante. Y el peronismo olvida. Y erige bronces a los Papas. Es muy pío el peronismo, como lo era el general Belgrano y como no lo era el coronel Dorrego, el vencedor de Salta y Tucumán; el que no peleó en Vilcapugio y Ayohuma porque estaba preso. Belgrano lo metió preso. Y, al cabo, se jodió, claro. Belgrano se jodió, digo, porque es el gran derrotado por Pezuela, el godo. Derrotado Belgrano, precisamente, en Vilcapugio y Ayohuma, donde Dorrego no pudo combatir porque estaba preso. Belgrano lo había metido preso. Pueyrredón ordenó no presentar batalla y bajar hasta Córdoba. Belgrano dudó. Dorrego no. Le dijo a su jefe: si usted obedece yo me quedo y peleo con mi gente. Belgrano dejó de dudar y luchó. Como era el jefe quedó en la módica historia de Mitre como el vencedor de Salta y Tucumán.

Hecha a un lado la digresión, decimos que el peronismo, como cultura, es vida y es muerte, como todo y todos lo somos. Pero también es religión católica, es respeto a las jerarquías y, en última instancia, aceptación de la verdad cristiana acerca de lo que el cristianismo dice de sí mismo. El cristianismo dice de sí mismo ser amor y bondad y el peronismo no le preguntará nunca a ese cristianismo por qué fue nazi o por qué profanó sepulcros. Y eso que no hay nada peor que profanar un sepulcro, salvo despertar a un hombre que sueña, porque los hombres que sueñan no tienen hambre. O matar niños. Los militares mataron niños. Cuando un adulto mata niños es porque tiene miedo. Sólo la muerte del victimario, devuelta como retribución por la sociedad que hace justicia, es la negación del injusto universal que significa la sobrevida del asesino de un niño.
Nada más anticristiano que este pensamiento. También, por cierto, nada menos hipócrita. Nada más humano.

El peronismo, entonces, fue muerte. Fue muerte y manos cortadas. Los capítulos tanáticos son parte de la historia del peronismo. Y somos atentos, nous sommes attends, somatén, triple a.

Sentimiento

Pero el peronismo es, también, que duda cabe, la sinfonía de un sentimiento, ya lo dijo Favio. De un sentimiento. Un sentimiento. Sentimiento. No puedo parar… El peronismo es emoción que antecede a la razón y que, a veces, la suplanta y que, otras, se permite convivir con ella. La emoción, en concúbito con la razón, es una pócima bienhechora y salvífica en la medida en que impide que a la razón la venza el sueño porque, ya se sabe, el sueño de la razón produce monstruos. Monstruos goyescos. Y la razón, si despierta y lúcida, mantiene a la pasión en su justo quicio; la razón impide que, librada a sí misma, la emoción se bambolee ciega y sin luces e irrumpa así, huérfana y sola, en el proceloso mar de la vida. La emoción, sin la razón, es pura pasión con destino de fracaso.

Cristina es cristiana pero lo mejor de Cristina no es que sea cristiana sino que sea lugar humano donde, como en Cristo, se funden la carne y el espíritu, lo profano y lo sagrado, la razón y la pasión, la palabra (la religión de los judíos no tiene imágenes) y la imagen (la religión de los cristianos es, casi toda, imagen). Cristina es síntesis. Es sincretismo. Y, como a Cristo, a ella también le impusieron una compañía no deseada.

En Nicea, los políticos del año 325 dieron cima a una formidable operación teológica en virtud de la cual el Hijo no sólo era carne del Padre sino que también era Uno con el Espíritu y con ese espíritu formaba la Trinidad, y ésta era ofrecida, a partir de ahora, a las míseras y mínimas masas analfabetas, como el único Dios a adorar. Otra religión sería considerada herejía, hizo saber el Poder. El profeta que compareció ante el Sanedrín, aquel llamado Jesús, nunca mencionó a esa Trinidad que le endilgaban, ahora, como compañía que él, en vida, no había reclamado.

La compañía no deseada de Cristina es el capitalismo. Y da grima que le hayan impuesto -o que ella se haya autoimpuesto- el capitalismo como último horizonte de la especie humana. Y que no haya seguido pensando como pensaba cuando era estudiante, así lo dijo ella. Hay momentos en la historia en que renunciar a la locura es renunciar a la razón. Ese momento es hoy. ¿Es hoy…? Francamente, no lo sé. Sólo me salió escribirlo así.

Pero bueno –se responderá-, no es su problema. Y el que quiere celeste, que le cueste. El que no quiera capitalismo y quiera otra cosa que se rompa, que lo busque por su cuenta. Y siempre también se podrá argüir quiénes son éstos que se lamentan desde afuera pero no hacen nada de lo que ellos creen que hay que hacer, a ellos nadie les pide que sean peronistas pero ellos le piden a Cristina que vaya más allá del peronismo, es decir, más allá de su alianza con los industriales y eso que ella, encima, arriesga su vida, como la arriesgó Néstor, quiénes son éstos -se dirá- que nunca arriesgaron su vida en ninguna parte, ni en ningún tiempo, ni en ninguna pelea, ni por ninguna causa. Y tal vez tengan razón en decir que es muy inteligente eso de buscar una alianza con los industriales, recoger un poco el hilo, soltarlo de nuevo… y de a poco; y así, cansar al escualo para, por fin, darle el golpe de gracia y sacarlo del agua y ya está todo listo: viene la foto con el trofeo.

Mito

En cuanto al mito, éste expresa la verdad inconfesable de que la pasión, si es nuda pasión, lleva a la muerte. El mito fue metáfora de lo prohibido pero ocurrido en el grupo; fue el relato de la transgresión inefable; fue la catarsis del grupo que apelaba a vestir de alegoría lo que había sido facto cometido a la luz el sol, o en las tornasoladas sombras del atardecer, o en la negra noche circular hecha palíndromo.

El mito narró el crimen, el incesto, la blasfemia, el adulterio. Todo eso es demasiada densidad para un alma pobre. Los poetas, entonces, se apropian del crimen que el instinto tribal les proporcionó como materia y, con ella, con esa materia que quiere ser enterrada y oscurecida por el grupo, construyen, ellos, los poetas, el mito, para que la verdad sobreviva hasta el millar de generaciones.

Y así, el peronismo es mito porque, además, reúne las dos calidades del mito, las dos cualificaciones que lo instalan en el significado de “mito”: oscuridad del origen y vitalidad del contenido. Nada más discutido que el origen del peronismo; nada más vital que su vigencia a través de más de medio siglo aunque ahora su identidad aparezca un tanto confusa y tal vez en transición hacia algo nuevo.
El mito al que nos referimos acá aparece cuando es peligroso confesar ciertos designios sociales que, sin embargo, es preciso conservar en la memoria de algún modo. Y es preciso conservarlos porque son historia propia. Ocurrieron en nuestra propia tribu, clan, aldea. Perón y Eva son mitos argentinos. Constituyen el núcleo de una pasión argentina. Oscuridad del origen y vitalidad del contenido. El designio histórico de acabar con la antipatria maximalista aparece siempre como lo oscuro de las narraciones que husmean el fenómeno peronista. Es la oscuridad del origen, la verdad no confesable.

Y se hizo mito, es decir, et mistificatus est. Y se encarnó, es decir, et incarnatus est. Néstor no fue Perón ni fue el Cristo. Néstor murió, que es la tercera condición para que el ser humano devenga mito. Pero Néstor no será mito. Será, apenas, nombre llevado como bandera a la victoria. Y ello porque, en él, es evidente la vitalidad del contenido pero le falta el requisito de la oscuridad del origen. Kirchner es claro como el agua clara. Es diáfano. No hay que bucear en su pasado, ni exhumar papeles polvorientos de archivos inaccesibles en busca de intenciones ocultas, de propósitos históricos inconfesables, de amistades dudosas, de protervos designios.

A su pesar o sin él, el kirchnerismo se debate entre ser o no ser; entre quedar en la retina de la historia como una honrosa forma de la moral o como semilla de propuesta política superadora; entre su posible destino de estatua o su opción por asumirse como “aluvión zoológico” vindicador de derechos ancestrales; entre permanecer allí, en ese mojón del suceso indígena sudamericano al que llegó sorprendiendo a propios y extraños, o profundizarse a sí mismo negándose toda limitación y deviniendo anticapitalismo en acto para evitar, de ese modo, el destino entrevisto por Saint Just con lucidez siempre inconclusa en aquel Paris de 1789, en aquel Paris precursor de la Comuna. Decía el gran dirigente francés que quien hace revoluciones a medias no hace sino cavar su propia tumba.

Anegados por la marea de arrobador entusiasmo que rodeó la asunción de la Presidenta para su segundo mandato, nos sigue doliendo su dolor, nos duele su falta incolmable. La presidencia de la Nación no le aporta lo que necesita para colmar su falta, sino la falta misma. Cada acto institucional donde el fondo coral es de voces de pueblo masivo y unido en el amor a un imaginario de vindicación y justicia la enfrenta a ella a la ausencia irreparable. Es justamente allí donde querría estar con él y es justamente allí donde él falta.
Sólo la impasibilidad de los estoicos -que es intelectual y emocional a un tiempo- deviene algo parecido a un piso sólido y seguro para hacer pie y seguir avanzando. La impasibilidad de los estoicos es atributo del estadista.
Y también el diseño del artista. Esa abstracción místico religiosa que, en pleno juramento, sustituyó a la Trinidad de Nicea: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cristina juró por Dios, por Él y por la Patria, su trinidad laica, su abstracción cristiano-pagana, el legítimo consuelo de que decide autodotarse la mujer militante, la mujer estadista, la mujer que ha perdido al compañero de toda su vida, y a la que le aguarda una soledad más dura que la soledad del poder: la soledad de la vida, pues hay oquedades que los hijos no están llamados a llenar.

Y van a ladrar los de siempre, ahora. Divinizó a un hombre, dirán. Ha blasfemado, dictaminarán. Comparó y equiparó. Inadmisible. Todo eso graznarán a coro. No hay que oírlos. Será el homenaje que la mediocridad rinde al talento. Al fin y al cabo, la gran mentira de Nicea fue que un hombre era divino porque era hijo de dios y era hombre y dios a un tiempo. ¿What’s the diference?

Ella nos regaló, además, más todavía: nos regaló un juramento lúdico. Eso fue. Chapó, Presidenta. Chapó, Cristina. Y gracias. Aunque el autor de este módico ejercicio expresivo sepa que el capitalismo es inmejorable.
Juan Chaneton

 

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