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El modelo en su laberinto

Juan Chaneton

 

El “capitalismo en serio” requiere de apoyaturas firmes. De lo contrario dos o tres grados en Richter o Mercalli alcanza para hacerlo tambalear. El 54 % no está organizado. Es golondrina de verano que parte al año siguiente en busca de geografías más cálidas.

La relación entre el gobierno y la CGT transcurre entre distancias. Es difícil precisar el momento del quiebre. Aunque todo quiebre puede subsanarse. Para eso está el yeso. Lo que sí se sabe con certeza es que mandar la participación en las ganancias a paritarias fue un gesto hacia los empresarios a cambio de nada que éstos hayan prometido por escrito y ante escribano público. El gobierno busca que los empresarios inviertan. Entonces concede. Pero el capitalismo en serio es serio. No se lo seduce hablándole con el corazón.

La razón esgrimida por Cristina Kirchner como fundamento de sus últimos anuncios fue la crisis internacional. Además de la negativa presidencial a que el tema de la participación en las ganancias pase por el Congreso, la agenda incluyó la vía libre para remitir utilidades empresarias al exterior; la crítica al paro como herramienta política funcional a los intereses privatistas (Aerolíneas); la necesidad de bajar la inflación, la crítica a los empresarios “buitres” que aprovechan los créditos del Bicentenario para comprar dólares (comportamiento ruin, si los hay); y la quita de subsidios al gas, al agua y al consumo eléctrico.
Se trata de medidas que marchan en una línea coherente de prepararse para afrontar lo imponderable, atento que, si se cae Europa, “a los primeros que se van a llevar puestos es a los trabajadores”, según graficó, con elocuencia y sin rodeos, la Presidenta.

Pero no parece haberse advertido que la crisis no la provocaron los trabajadores sino el capital financiero. De modo que disponerse, en la Argentina, a que la “economía real” pase a funcionar aceitadamente mientras que la especulación retrocede hasta desaparecer, se parece mucho a un error: el de creer que podemos funcionar como isla en un contexto internacional en el que arrecian las ofensivas del capital financiero, renovadas una y otra vez, en pos de recuperar posiciones y de maximizar sus beneficios a costa del desmadre de la economía real.

El 54 % se enfrenta, ahora, al riesgo potencial de que, enfrente, decanten colusiones fantasmáticas que se propongan el roll back del modelo nac & pop. Si Moyano amaga con compartir el mismo muladar con Barrionuevo, el Momo Venegas y Duhalde, en realidad está mandando otro mensaje, más deletéreo, por cierto, para el futuro del gobierno. Ese mensaje pulsiona la imaginación hacia confluencias espurias pero letales. Si puede ser con Barrionuevo y los otros sólo le faltaría al “peronismo en serio” aliarse a Magnetto, a la Iglesia Católica, a la embajada de los EE.UU., a la oposición política y a los jueces que dejaron en libertad a Zanola y son renuentes a avanzar en el castigo al terrorismo de Estado.

Frente a ese maridaje sietemesino y contra natura, ¿qué le van a oponer? ¿A Kicillof y a Dante Gullo? ¿A la Cámpora?

Igual visión romántica de la política acredita quien, en la CELAC (Caracas) vota a favor de la CIDH y en contra de Rafael Correa. Es un error, en el mejor de los casos, declamar el amor a la “patria grande” y retacear solidaridad al hermano que la necesita pues la CIDH lo está desestabilizando en Ecuador.

También es “capitalismo en serio” acordar con Obama ejercicios militares conjuntos con los EE.UU. pues, en línea con el razonamiento del párrafo anterior, se declama por un lado a favor de la Unasur y se la dinamita por otro.

De igual modo, se le prohíbe a los trabajadores la extorsión y el chantaje, pero ambos son aceptables si los promueve el GAFI: si quieren inversiones, se nos ha dicho, sancionen la ley antiterrorista, esto es, comiencen a dar pasos en dirección a la criminalización de la insurgencia popular (que es así como denominan en las escuelas de inteligencia de los EE.UU. y Europa a lo que nosotros, eufemísticamente y no se sabe bien por qué, llamamos “protesta social”.
Comiencen a caminar en esa dirección, se le exigió a la Argentina, que ya dio media sanción a un proyecto con genealogía propia. En efecto, en los antecedentes de la norma que se apresta a sancionar el Senado, se halla el proyecto Pichetto de 2003, que autorizaba a la SIDE a espiar a sindicatos, partidos y organizaciones de todo tipo y la actual ley 26.268 que rige en la materia pero no conforma al GAFI, es decir, a los EE.UU. Se trabaja a estas horas, entonces, en el aludido proyecto con media sanción legislativa, que contiene el verbo “aterrorizar”, polisémico si los hay y que, por ende, es constitutivo de un verdadero “tipo penal abierto” que la doctrina penal de raigambre libertaria fulmina expresamente.

Que la Argentina pague sus deudas si quiere inversiones, también ha planteado Obama a la presidenta Cristina. Que le pague a Azurix por el juicio que el país perdió en el marco del CIADI, pese a que a Azurix se le revocó la concesión porque distribuía, en la zona de La Plata, agua podrida. Pero igual paguemos si queremos inversiones. Son 330 millones de dólares lo que debemos a esa y otras empresas que ganaron en el CIADI, como si la Argentina pudiera ganar alguna vez allí, salvo pour la galerie.
Lo extraño es que las empresas estadounidenses están echando gente y no están en condiciones de invertir un peso ni siquiera en su propio país. Pero igual nos aprietan. Y no es un intento de apriete. Nos aprietan.

Que Argentina se sume a las presiones contra Irán y que su embajador en la ONU se levante y se vaya cada vez que hable allí un representante iraní, incluido Ahjmadinejad. No les resulta suficiente a los Estados Unidos que nuestro país haya vuelto sobre sus pasos en este tema y haya abandonado la inicial “pista siria” por la que se inclinó oportunamente Néstor Kirchner, para abrazar la “pista iraní”, en línea con el interés geoestratégico de los EE.UU. de cercar a Irán para invadirlo alguna vez, que no está lejana. Y seremos un peón de esa geoestrategia. ¿Seremos un peón?

Hemos venido apoyando a este gobierno desde que, en 2003, insinuó la apertura en la Argentina, de una senda al cabo de la cual un movimiento obrero reaparecido, recompuesto y reorganizado en una perspectiva clasista y latinoamericanista acabara con el neoliberalismo y abriera un horizonte socialista para nuestro país, a cargo, estas tareas socialistas, no del gobierno kirchnerista, por cierto, sino de los trabajadores argentinos y sus organizaciones. Señalamos, ahora, los límites que siempre avizoramos en toda experiencia que no se propone ir más allá del horizonte.

Y no nos estamos yendo del barco, como las ratas. En primer lugar, porque este barco no se hunde así no más. Y luego porque el kirchnerismo y sus organizaciones constituyen parte sustantiva del gran Frente de Liberación Social y Nacional de construcción pendiente en la Argentina.

Pero cuidado con creer que aquí no hay lucha de clases como algún pragmático irredento puede alucinar. Si estamos discutiendo la participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas, es la ecuación capital-trabajo la que está sobre la mesa. Y las fuerzas del capital y del trabajo tienen sus respectivas representaciones políticas, aunque la hacienda venga mezclada por ahora.

Aquí los protagonistas del contencioso no son el “ala política” y el “ala sindical” del peronismo. Todo es más complejo. Y lo es porque Argentina está en Latinoamérica y en el convulso mundo que hoy hegemoniza el capital financiero y su gendarme mundial, la OTAN.
Juan Chaneton

 

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