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Las ideologías idealizantes y la generación de progreso

Por Aaron Colechio/Motor de Ideas

En los últimos años el país y el mundo han cambiado radicalmente su fisonomía. En un escenario internacional de crisis generalizada y con las economías de los “países emergentes” desacelerando sus tasas de crecimiento, es dable destacar que Argentina aún mantiene favorable su balanza de pagos, a la vez que sostiene sus esfuerzos por industrializar la economía y ha ampliado notablemente la posibilidad de acceso al trabajo, la salud y la educación.

Claro que el periodo que comenzamos a pisar es bastante más austero, y habrá que ajustar mucho más los rubros que hasta ahora podían ser acompañados por las abultadas asignaciones del Estado.

 

La segmentación de los subsidios, el control más serio sobre el mercado cambiario, el anterior empeño por “blanquear” la economía y el fomento de la repatriación de capitales son eslabones de una cadena que pretende mitigar los efectos de la crisis internacional y despabilar a la afamada “burguesía nacional” para que juegue un poco más en comunión con las expectativas del gobierno nacional.

Existen grandes deudas del Estado y ejes de acción sobre los cuales cabría una agenda mucho más intensa, como el déficit habitacional, la libertad sindical, la precarización laboral o la evasión impositiva en medianos y grandes contribuyentes, asuntos que atentan contra una estructuración más solvente de los cambios logrados a largo plazo.

 

 

Estas cuestiones nos plantean numerosos y serios interrogantes acerca de la sustentabilidad del modelo, a la vez que nos permiten hacer ciertas reservas sobre el interés y la capacidad que este proyecto tiene para superar algunos condicionamientos históricos de la Argentina.

Sin embargo, estos interrogantes no podrían por si mismos constituir la base de una oposición plena al actual estado político, económico o social de la Argentina. El fenómeno por el cual un amplio sector de la sociedad rechaza visceralmente cualquier acontecimiento que tenga en el escenario a algún actor vinculado con el nuevamente legitimado gobierno, está íntimamente vinculado con las ideologías idealizantes.

Las ideologías políticas son solo un tipo de ideología y explican básicamente la adherencia a los partidos políticos, la inclinación o el rechazo de ciertas medidas de gobierno y la satisfacción o no de pertenecer a cierto régimen institucional o sistema político-económico.

Estas ideologías se encuentran inscriptas en unas más amplias y generales que estructuran nuestra forma de pensar la realidad, condicionan la manera en que las personas vivimos nuestras vidas como actores consientes y reflexivos en el contexto social, esto es, en un mundo significativo y ya estructurado.

Cuando son idealizantes, estas ideologías conservan en un frasco de cristal una idea de los fenómenos que va a percibir y cuando lo hace, se encuentra en una contradicción que lleva a la persona a considerar los hechos como una degradación, una versión impura de lo que debe ser. Así, también el mecanismo funciona a la inversa. Cuando la contradicción se salva enalteciendo a los hechos, extendiéndolos o tornándolos absolutos, echando por tierra cualquier abstracción de idealidad.

Así explicamos porqué desde un lado se le exigen medidas propias del socialismo a un gobierno a todas luces capitalista; o por qué sectores claramente favorecidos por las últimas gestiones ponen el grito en el cielo frente a hechos de corrupción o “ataques a la división de poderes” y desfallecen en nombre de la democracia. Y no menos, puede entenderse la razón por la que algunos consideran el actual estado de las cosas como el súmmum de la gobernabilidad, la máxima superación permanente a la que se puede aspirar.

Esta es otra particularidad de las ideologías idealizantes: desplazan al terreno de lo emocional cuestiones que solo pueden debatirse desde la racionalidad. El desacuerdo se hace oposición, el rechazo, indignación. Medidas de gobierno u omisiones del Estado se convierten en un asunto personal para el afectado, y la insatisfacción de la necesidad propia es independiente de cualquier situación objetiva que la determine.

Las ideologías idealizantes dificultan o impiden la vinculación de lo concreto con lo general, ocultan el reconocimiento de los factores determinantes de una situación específica y aún más: pueden ser idealizantes al punto de negar las transformaciones de la propia condición de vida o adjudicarle a estas las razones más descabelladas.

Esto las hace el gran condimento de nuestra época. Hace tiempo que no basta solo con la transformación de las condiciones económicas para que la conciencia se desenvuelva luego, sino que también es necesaria la lucha constante en el terreno simbólico. Ahora las transformaciones son más progresivas y no homogéneamente, sino en los frentes y en las medidas en que las correlaciones de fuerza con los otros actores sociales lo permitan.

Es aquí donde se desliza la trascendencia de estas ideologías. Quienes son y quienes pretenden constituirse como factores de poder en pos de “el cambio de sistema” o la “justicia social, la independencia económica y la soberanía política” no pueden dejar de analizar este fenómeno a riesgo de producir dos tendencias igualmente negativas para la construcción de un futuro por lo menos más justo que el presente.

Por un lado, el arduo trabajo por suprimir la explotación no puede conllevar una perspectiva de generalización en el sistema actual. La mejora concreta trae consigo mayores expectativas, respecto al hecho puntual o a otros aspectos de la vida social.

 

Pero no es una inevitabilidad histórica que el progreso llegue a cada habitante o a cada gran eje de la política de una nación en el marco de un sistema capitalista del siglo XXI. Y en este sentido, confundir la mera denuncia o la conflictividad social con generar las contradicciones necesarias para producir ese movimiento histórico sin tener en cuenta la complejidad de los desplazamientos en que se desenvuelve, no logra mucho más que lentificar el ritmo de cambio aplacando cualquier movimiento en dirección a una sociedad más justa e igualitaria en lugar de nutrirlo.

La otra tendencia, devastadora para la solidificación del entramado del campo popular, es la que se conforma por la sobreestimación de un proyecto político en una realidad dinámica, cuando la práctica política cotidiana se lleva a cabo sin relacionar los aspectos negativos, las deficiencias y los errores del programa actual con la realidad abordada por ese trabajo y sus objetivos. Si no pueden asimilarse estas contradicciones internas de toda organización y de todo trabajo, se corre el riesgo de eludir causas tan renovadas como drásticas que tornan a la realidad existente como la realidad inevitable.

Irónicamente a veces “profundizar el modelo” o “hacer la revolución” puede ser tan solo lograr que las conquistas no se desvanezcan. No es así aún, ya que la actualidad se ha estabilizado económica y políticamente. Es cuando lo coyuntural no puede significar demasiado riesgo que deben discutirse líneas estructurales que aseguren cambios rotundos a favor del progreso. Pero hace falta despojar de las ideologías idealizantes a los oprimidos y a los sectores contestatarios, ya que si quieren lograrse mayores y mejores conquistas deben tener en cuenta la realidad en toda su complejidad.

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