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Discurso y práctica del modelo K

Juan Chaneton

Nadie se va de la historia sin que lo echen. Y la historia no echa a nadie de buenas maneras. No nos referimos a gobiernos sino a clases sociales. En la formación social argentina de hoy se vive un equilibrio inestable entre un bloque burgués financiero, industrial y agropecuario sumamente concentrado, en tensión permanente con un conglomerado sin vocación política, ni potencia económica, ni destino histórico de burguesía nacional industrialista que, no obstante, pugna por devenir tal y que, para ello, ha construido una fuerte alianza con el Estado, devenido, así, actor económico de primer orden y que, por ello, le confiere a toda la dinámica económica y social que vive el país la impronta de la heterodoxia. Aquí, lo que no hace la burguesía nacional procura hacerlo el Estado.

La pieza oratoria de apertura del período presidencial 2011-2015 constituyó una continuación lineal del discurso que Cristina Kirchner ya había comenzado a diseñar luego del insólito 54 %. La Presidenta se ubicó, desde el 23 de octubre último en adelante, como órgano administrativo y político de un Estado que la tiene a ella en el pináculo de la institucionalidad y que procura arbitrar conflictos entre las fuerzas del trabajo y las del capital sin pretensiones de imparcialidad de clase, ya que el Estado argentino, hoy, expresa los intereses de aquella burguesía industrial incipiente, sin certezas históricas en cuanto a sus posibilidades de realización como tal burguesía, y que, al mismo tiempo, interviene (el Estado) como actor sustantivo en el proceso económico buscando la recomposición del aparato productivo nacional, fuertemente dañado en décadas precedentes, y la expansión no sólo de los derechos de los trabajadores sino también la de su participación en la distribución de la renta y el beneficio.

De la formación social argentina no cabe predicar que la burguesía ya ha perdido pero el proletariado todavía no ha adquirido la hegemonía política, que era una de las condiciones que señalaba Marx, en “La lucha de clases en Francia”, como necesarias para definir ese esquivo concepto de bonapartismo.

Tampoco parece atinado percibir al Estado argentino como una dimensión con autonomía completa respecto de clases de propietarios en lucha exacerbada por extender su dominación al conjunto de la sociedad y enfrentados por una fuerza obrera homogénea, organizada y combativa, que sería otra de las características del Estado bonapartista.

La dinámica y la práctica del Estado, en la Argentina de hoy, no es la específica de una instancia que se propondría mediar un conflicto violento entre clases que han configurado, en potencia o en acto, un escenario de anarquía social que es preciso conjurar, circunstancia, esta última, que configuraría el tercer requisito que nos permitiría referirnos al Estado “cristinista” como a un Estado bonapartista.

El Estado, en la Argentina, se halla administrando un contencioso entre el capital financiero más concentrado en alianza con la burguesía agropecuaria y la gran industria, en pugna contra una local burguesía industrial raquítica y sin genealogía propia como tal burguesía en alianza con la aristocracia obrera que mantiene su dirección y su influencia ideológica sobre la clase trabajadora. Y esa labor de mediación estatal se realiza más bien desde una concepción “bienestarista”, sin que, por ello, pueda decirse que la Argentina marcha hacia un clásico Estado de bienestar como los que alumbraron en Europa en la segunda posguerra.

La singularidad argentina, en todo caso, estriba en que el Estado, a partir de 2003, se propone hacer posible la emergencia y consolidación de un bloque de clases “productivista” frente a la tradicional dominación, al interior de la formación social, de un conglomerado financiero-especulador, acusadamente parasitario, y que tal función la cumple tomando medidas concretas que, luego de una década, comienzan a percibirse como de mediación y arbitraje entre ambos bloques de clases.

Las decisiones aparentan ser las de un gobierno que disciplinará las demandas de los sindicatos debido a que la segura repercusión de la crisis mundial obligará a regular minuciosamente el gasto para que la economía en su conjunto no quede expuesta al “contagio” sin reaseguros eficaces. Pero no son principalmente “los sindicatos” los que están en la mira. Son los camioneros. Es Moyano. No debe de existir nada más rentable electoralmente en la Argentina que distanciarse de Hugo Moyano. Claro que el equilibrio es inestable, pues no hay, a primera vista, con quién reemplazarlo. Los “gordos” son los impresentables de ayer y de hoy. Así lo percibió Pablo Moyano cuando dijo, hace unas semanas: “Si Lescano y Cavalieri son los voceros del gobierno nosotros no tenemos nada que hacer en la CGT…”.

El distanciamiento se consolidó un poco más en la ceremonia de asunción a la que el secretario general de la CGT no asistió.

Podrá irse o quedarse. Se verá. Si se va, reflotar el MTA suena un poco anacrónico. Sería como volver a los once paros de Ubaldini. Pero, además, Pedraza y Zanola siguen en chirona. Moyano evalúa. Los senderos no se bifurcan en su jardín. Hay una sola huella, hacia delante, que luce barrosa y escarpada.

Por ahora habrá que olvidarse de la “ley Recalde”. Y esto es otra jugada a favor de los empresarios. No será suficiente, seguro, para que abran la mano generosa y patriótica y se dispongan a invertir. Pero es un paso en esa dirección. La participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas se dirimirá en las paritarias, es decir, en un escenario de derrota anticipada para los trabajadores.

Este solo tema coloca en la mesa de las realidades fuertes un dato: Moyano debería aprender que correr al kirchnerismo mostrando pergaminos y diplomas peronistas es un anacronismo. Para el kirchnerismo, como para la JP de los ’70, el peronismo es poco más que el traje de baile de la política argentina y Perón fue un dirigente conservador y, ya valetudinario, un obstáculo para el proyecto socializante. De modo que poco importa que la participación en las ganancias haya sido el mecanismo para lograr el “fifty-fifty” que Juan Perón decía tener como objetivo estratégico de su gestión. Nada importa hoy la Constitución de Sampay, la de 1949, la Constitución peronista por excelencia, la de los derechos sociales. Qué va a importar si ni el derecho de huelga consagraba, les dijo el sábado 10 de diciembre en el Congreso Nacional, a destinatarios específicos, la presidenta de la Nación.

Resulta anacrónico y equivocado simular que “todos somos peronistas” porque la realidad general del país, de la región y del mundo ha cambiado pero las convicciones ideológicas y la forma de concebir el peronismo del sector joven del peronismo no ha cambiado: siguen siendo los “infiltrados” de antaño, los que Moyano combatió a hierro y lanza y que si ayer querían el “socialismo nacional”, hoy quieren “profundizar el modelo”. Moyano y Curto tienen más afinidad ideológica con el Momo Venegas y Barrionuevo que con Kicillof, Lorenzino, Heyn o Larroque.

Una Argentina industrial pujante y moderna, sostenida en un empresariado igualmente ágil y dinámico, apoyada en un sistema sindical expurgado de vicios corporativos y de ideologismos anacrónicos, y toda esa entropía tensional y conflictiva arbitrada por un Estado aparentemente distante por igual de las fuerzas del capital y del trabajo constituyen el diseño desiderativo al cual apunta este modelo de desarrollo con distribución e inclusión social basado en el mercado interno y en la inversión como motores del crecimiento.

Moyano no entra, definitivamente, en ese esquema. O se disciplina o se va. Los puntos en cuestión, aquí, son dos: qué fuerza hay para que se vaya o para que se discipline; y, en segundo lugar, con qué se lo reemplaza. Con qué y no con quién. Porque un sustituto de Moyano puede estar a la vuelta de la esquina pero, si todo se redujera a un mero recambio de personas, se estaría preservando lo que el modelo debe sustituir si quiere consolidarse como tal de cara a la inversión local y transnacional: el sistema de representación sindical. Nada dijo Cristina Kirchner de la personería a la CTA de Hugo Yasky. Nada ha dicho todavía…

Cristina también anunció antes de jurar que los empresarios podrán girar utilidades al exterior; había criticado el paro de Aerolíneas y amenazado con el quite de personería; los controladores aéreos, que dependían de Aviación Civil, han vuelto a la autoridad y supervisión militar; suprimió subsidios; procura que la Ciudad Autónoma se haga cargo de administrar y financiar la red de subterráneos. Todo esto había enunciado Cristina antes de su jura del sábado 10.

Ese día, en el discurso del Congreso, siguió en línea. A saber. Comenzó, sabiéndolo o sin saberlo, con una paráfrasis de Hegel: leer los diarios es una obligación y un ejemplo militante, dijo más o menos. La lectura de los periódicos -decía el maestro de Jena- es la plegaria matinal del hombre moderno, es decir, a su modo, una especie de militancia de época. Leer los diarios era conocer qué decía el espíritu para internarse luego, sin más, en las polémicas teóricas de su tiempo.
Fue un buen consejo el de Cristina para los militantes de hoy, más interesados en gestionar que en leer y si leen, leen el diario, pero de libros, de filosofía, de literatura, ni hablar. Una lástima.
John Gray, asesor de Margaret Thatcher en los días más negros de aquellas políticas de ajuste y demolición del Estado, luego arrepentido y converso a un credo antineoliberal de sesgo verde y socialdemócrata, pero, antes que nada, erudito, estudioso e inteligente sin asomo de duda, tiene dicho: “…Los políticos no participan en las conversaciones académicas, ni siquiera entienden de lo que se habla. Pero de algún sitio deben sacar sus ideas. Si los políticos leyeran una hora cada día a Pascal, Montaigne o Fernando Pessoa, algo difícil de imaginar, en vez de pasar semanas, meses y años escuchando a los economistas … entonces habrían sido más cautos, más sabios, más dubitativos, más escépticos, menos imprudentes…”. Tiene en mira el desastre actual en el mundo Gray, cuando habla así. Y las dificultades de administrarlo; y la probabilidad de la catástrofe.

Resumió Cristina Kircher logros nodales de la gestión desde 2003 hasta hoy: distribución del ingreso, de la palabra y de la educación. Citó a Boudou: antes, 6% del PBI al pago de deuda y 2 % a la educación; hoy, la ecuación está invertida.
Agregó que esto fue posible por el desendeudamiento argentino iniciado por su marido, y que para terminar con las deudas pendientes hay que crecer primero. Crecer para pagar.

No obstante, no dejó de remarcar que la relación Producto-Deuda es, en la Argentina de hoy, del 37 %, cuando la herencia recibida del neoliberalismo fue que todo el PBI más un 30 % se debía. Es decir, la deuda, en aquellos años, era de un PBI y un tercio.
Ratificó lo que ya es un ícono retórico y ciertamente llevado a la práctica cotidiana por el kirchnerismo: la política seguirá mandando sobre la economía.

El jefe de la economía se sienta acá –dijo la Presidenta-, y se sienta ahí por decisión del pueblo, finalizó ese párrafo.
Las reservas del Banco Central están en el orden de los 46.368 millones de dólares y eso después de haber pagado más de 23 mil millones por diversos compromisos, informó.
Poco más o menos, la Presidenta les espetó en la cara a los actores involucrados: me banqué cinco corridas cambiarias… Pero que se den por notificados: no soy la Presidenta de las corporaciones; lo soy de los 40 millones. Y les reclamó, acto seguido, a los grandes de la economía, su contribución, ni siquiera patriótica –dijo, sabiendo que ningún capitalista en serio tiene patria-, sino sensata e inteligente. Entreguen un poco de lo mucho que ganan, se traduce ese texto. Eso calma los nervios y evita el peligro del incendio, o hace que éste, de producirse, sea más manejable, que los extintores funcionen. Eso significa actuar con sensatez e inteligencia.

No les habló al corazón -como Pugliese-. Más bien se pareció, poco más o menos, a Torcuato Di Tella padre cuando le decía a su amigo Filippo Turatti, fundador del socialismo italiano: no me pidan siempre a mí; pídanle también a los ricos de Europa… No son de difícil acceso. Se los encuentra en los aeropuertos, en los restaurantes… Como se sabe, el fundador de la industria argentina, que era italiano, financiaba a la socialdemocracia italiana. En esa línea se mostró Cristina en ese tramo de su discurso. Inviertan -podría inferirse que les dijo a los industriales- porque ese es el camino más sensato para evitar, a futuro, problemas sociales y crisis políticas que nos perjudicarán a todos, pero tal vez a ustedes en primer lugar.

Un tema duro y de actualidad mundial que refirió Cristina fue el de la relación economía real-economía especulativa. Lo puso en estos términos: En 2001 la relación PBI-activos financieros era 1-1,1 (uno contra uno coma uno). Hoy es de 1-3,1. Esto es lo mismo que decir que hay tres veces más dinero en circulación que mercancías.
Y para terminar con la dicotomía mercado interno-exportación el anuncio que erizó la piel de los partidarios de la ganancia sin reglas, ni límites, ni topes, ni ética: la unidad de comercio interior y comercio exterior en una única secretaría a cargo del siempre demonizado Guillermo Moreno.
Si a eso se le suma una subsecretaría de competitividad se verá que se apunta a la creación interna de valor genuino. Porque en el catecismo de los industriales argentinos el salmo que glorifica la ganancia obtenida manipulando el tipo de cambio o mediante la baja del salario vía aumento de la productividad, es el que entonan con más unción religiosa que cualquier otro.

Pero eso no es ganancia genuina. No son productos de mejor calidad los que se obtienen de ese modo. No se vende más valor agregado en el mercado internacional. Se gana más plata, eso sí. Pero sólo la inversión en innovación tecnológica produce el milagro de vender mejores productos que nuestros competidores y de crear nuevos y sólidos puestos de trabajo.

Por fin, la nueva ley penal tributaria para castigar a grandes evasores y la ley de tierras (que no afecta derechos adquiridos sino que significa cuidar un recurso) culminan el listado de temas principales que la Presidenta agendó para el discurso de asunción de su nuevo mandato 2011-2015.

Ante este panorama, la clase propietaria de la Argentina comenta el “giro a la derecha” de la Presidenta. “Para poder hablar de un viraje presidencial, la jefa de Estado debería dar más señales de concordia hacia el conjunto de la sociedad y de respeto por las instituciones. Ninguno de los cambios en el gabinete conocidos hasta ahora permite presagiar un cambio cualitativo”. Traducción: Moreno, que es el que les impide manipular arbitrariamente los precios y el que les lee los balances tiene ahora más poder y eso no es una señal de concordia. Y el respeto a las instituciones es un Parlamento y un Poder Judicial en el que se pueda atrincherar la derecha para, desde allí, defender sus privilegios y desestabilizar a cualquier gobierno que venga a modificar las reglas de la acumulación. Está claro que si ambas cosas no son posibles, ello no es responsabilidad del gobierno sino decisión electoral del pueblo argentino. Y que, si lo fuera, estaría muy bien defenderse de quienes buscan sojuzgar al conjunto en pos de sus beneficios y privilegios siempre intocables.

Y si alguna duda les quedaba respecto de hacia qué lado “gira” el gobierno, la declaración de interés público del papel para diarios, así como el juez Ercolini como flamante timonel de la causa Papel Prensa, contribuirá a disipar aquellas dudas. No estamos describiendo, puntualmente, realidades, sino lo que, a nuestro juicio, son percepciones de la derecha.

La otra realidad es que “los infiltrados” que en los ’70 mordieron el polvo de la derrota han vuelto y están ganando, ahora, ellos, una batalla. Bajo otras condiciones. Mediante otros medios. Con una “juventud” que floreció al conjuro de un Néstor Kirchner final e idealista y que encara los asuntos del Estado con cierta gestualidad frívola y autosuficiente, tal vez porque la historia todavía no golpeó a sus puertas para decirles que no hay vía regia hacia una vida nueva y más justa y que quien quiera arribar hasta sus cumbres luminosas no deberá temer fatigarse escalando sus escarpados senderos, a menudo sobrecargados de asperezas y, más aún, de violencia.

Juan Chaneton

 

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